Club Atlético Boca Juniors

Buenos Aires (Buenos Aires)

LNB · 04 de Noviembre de 2021

Boca Jrs.

Leandro Vildoza, el base sensación que cumplió un sueño familiar en Boca

El tucumano que brilló en el S20 abre las puertas de su intimidad para recorrer su infancia y carrera, analizar su presente y proyectar un futuro con ilusiones de Selección.

Por Kevin Chareun

Su nombre forma parte de dos dinastías del básquet nacional. La primera, heredada por el destino, es su pertenencia a la familia Vildoza. La segunda, una tradición histórica del ámbito local de la que forma parte gracias a su trabajo y su talento: la de los grandes bases de una Liga Nacional plagada de apellidos ilustres en esa posición. Tras su aterrizaje en Boca, Leandro Vildoza es uno de los grandes nombres propios del mercado local. 

Luego de unos cuantos torneos sin cumplir las expectativas que marca su historia, Boca había dado la nota en la edición post-pandemia alcanzando las semifinales de la Liga Nacional. Pero más allá de los resultados, fue su estilo el que sembró la ilusión de cara a futuro con una intensidad y nivel de juego que, de haber contado con su público presente, hubiera emocionado a más de un aficionado. El Xeneize sentó sus bases en la última campaña y espera que esos buenos resultados sean evaluados en el futuro como el puntapié inicial para afianzarse en el ámbito doméstico y pisar fuerte en una nueva temporada de la FIBA Champions League América. A esa buena base, y tras las modificaciones del último mercado, le sumó un armador que está dando que hablar, por su gran pasado reciente, por lo evidenciado en este retorno a la competencia y por un futuro que se torna prometedor. 

El jugador al que hacemos alusión pertenece a “La Vagancia de la T”, que no es el nombre de una banda de cumbia ni una hinchada del fútbol argentino, sino del grupo de WhatsApp que comparte con sus amigos de toda la vida. Precisamente con ellos, los muchachos de Tafí Viejo, estuvo dialogando -como de costumbre- hasta atender el llamado de Prensa ADC. Sin ningún cassette, el tucumano de 27 años nos regaló una larga, sentida y entretenida conversación, en la que repasamos cada una de sus etapas, tanto en lo personal como en lo deportivo.

Una infancia de pueblo, de barrio, de sana felicidad. Sus padres, sus abuelos, sus hermanos. Los veranos jugando y peleando con el primo Luca. Los inicios en el profesionalismo, en su lugar. El desarraigo santafesino, el salto concordiense. La llegada del amor que lo acompañó en su paso por Regatas y que todavía hoy, en Buenos Aires, le tiende la mano. Los que lo reciben de brazos abiertos en cada vuelta a sus pagos. La pasión por el fútbol. El presente azul y dorado. El sueño de Selección. Pasen, con confianza, están invitados a conocer en profundidad a Leandro Vildoza.

INFANCIA ENTRE FAMILIA, AMIGOS Y EL CLUB

“Mis papás están separados desde mis 4 años, por lo que me crié en casa de mis abuelos maternos, con mi abuela Rosa, mi abuelo Jerry y mi mamá Claudia. Y, más allá de no haber vivido con él, tuve y tengo un excelente padre”, abre el juego nuestro protagonista desenvainando algunos de sus primeros recuerdos. “Mi vieja laburaba en una agencia de quiniela, mismo lugar donde hoy continúa junto con su trabajo como ordenanza de escuela. Por otra parte, mi padre tuvo a Lisandro y Luisina, con quienes tengo una gran relación y siempre consideré mis hermanitos menores”. 

Como en la cancha, Leandro no se guarda nada, y mientras resume la conformación de su familia, inevitablemente el básquet se entrelaza: “Mi papá Silvio era remisero por la mañana y entrenador por la noche, además de también practicar el deporte. Cuando nací, ya tenía la pelota de básquet en la mano, y encima vivíamos a media cuadra del club Talleres, así que mi destino no podía ser otro”.

En Tafí Viejo, capital nacional del limón con aproximadamente 40.000 habitantes y separada de San Miguel por 10 kilómetros, transcurriría una infancia repleta de juegos y amistad: “Mi grupo eran los chicos del club. Estábamos todo el día en Talleres, nos tenían que buscar a la noche para que volviéramos. Iba a la escuela por la mañana, y después de almorzar me pasaban a buscar y estábamos juntos hasta entrenar o quedarnos a ver los partidos de Primera. Jugábamos mucho al fútbol, que personalmente me gusta más que el básquet, y también había cancha de tenis y piletas, hacíamos de todo”, cuenta Leandro con una sonrisa que atraviesa el tiempo. 

“Hay varias que hasta el día de hoy no se saben y tampoco se pueden contar”, responde entre risas consultado por las travesuras de esa época. Pero enseguida revive: “Tengo una en mente de cuando un amigo se compró una bici nueva. Estaba medio pesadito ese día, cargando a todos. Entonces, cuando se fue al baño la agarramos, la subimos hasta la tribuna más alta y la tiramos a la cancha de básquet. Por suerte, no le pasó nada, así que la pusimos en el mismo lugar. No le contamos nada, porque él o los padres nos hubieran matado. Se enteró recién de grande…”.

VERANOS EN LA COSTA: VILDOZAS EN POTENCIA

Si bien hoy los herederos están en auge, el apellido ya había cobrado relevancia algunas décadas atrás. Los hermanos Mario, Silvio y Marcelo fueron tres muy respetados basquetbolistas tucumanos, pero este último alcanzó la gloria al consagrarse campeón de la LNB en 1994 defendiendo los colores de Peñarol. Allí, en Mar del Plata, se erradicó y formó la familia de la cual surgió un actual integrante de la Selección Argentina y agente libre de la NBA.

Mucho tiempo antes de brillar en Quilmes, destacarse en Baskonia y estar a punto de debutar con los New York Knicks, Luca solía recibir la estación más calurosa junto a una esperada visita. “Todos los veranos, de diciembre a febrero, me iba para Mar del Plata con mi abuelo paterno, Chacho. Pasaba todas las vacaciones con Luca (Vildoza) y sus padres. Con él conservamos una relación buenísima, hablamos muy seguido. Y, por suerte, mis tíos me aguantaban en su casa, lo cual no era fácil porque era bastante molesto”, confiesa Leandro.

“En la esquina de su casa, hay una placita donde íbamos a jugar 1vs1. Nuestro abuelo nos tuvo que separar varias veces, lo hacíamos renegar todo el tiempo. Yo era gordito y él flaquito, no lo podía agarrar o por ahí yo le tiraba el chasis, ¡y enseguida nos íbamos a las manos!”, hace memoria el taficeño sin poder contener la risa. Y continúa: “Él vivía en unas torres con un patio grande abajo, donde nos juntábamos con todos los chicos del barrio a jugar al fútbol o al fútbol-tenis. Estábamos todo el día jodiendo ahí o en la playa, ¡era hermoso!”.

Y al parecer, tanto Leandro como su colega 9 meses menor eran competitivos desde pequeños: “Se armó un torneo de 3x3 en la rambla, teníamos 10 años. Aunque era para más grandes, con Luca fuimos igual, pero nos faltaba uno. Mi abuelo llamó a un tipo que pasaba por ahí y le preguntó si quería jugar con nosotros, pero resultó ser malísimo. Nos pasamos el día insultándolo a él por hacernos perder, y al abuelo por invitarlo. Volvimos enojados a la casa y no le hablamos en todo el día de la calentura que teníamos…”

TRAYECTORIA EN EL BÁSQUET

La fuerza de la sangre y la cercanía al club fueron motivos suficientes para que Lea tomara la naranja desde chico. Muchos jugadores reparten su niñez entre más de un deporte, pero en su caso dividió su formación entre dos instituciones. “A los 4 empecé en Talleres, pero como mi viejo era entrenador de Huracán BB de San Miguel, también me llevaba a jugar ahí. Mi etapa de minibásquet la hice en ambos clubes. Pasaba el día en Talleres, pero entrenaba en Huracán. Cuando me portaba mal, mi viejo no me llevaba, entonces me quedaba en Tafí. Tanto no me acuerdo, pero cuando nos enfrentábamos debió haber sido un lío”, explica Vildoza sobre esta curiosidad.

“Luego sí me establecí en Tallares, y lo que más recuerdo de formativas es que ganábamos siempre, teníamos un equipazo. Estaba Seba Orresta (NdeR: jugador de Gimnasia de Comodoro), que era el mejor. Él jugaba de base y yo era escolta. Y la que agarraba, la tiraba. Todo lo contrario a hoy, que me piden que lance más”, rememora el tucumano. Y prosigue con el relato: “A mis 14, jugué la Liga Provincial con Tucumán BB, donde ascendimos al TNA. Jugamos un año esa categoría, y para la siguiente el club se dio de baja, por lo que volví a Talleres a jugar el primer Torneo Federal”.

Luego del fogueo en los clubes de su tierra, y una vez terminada la secundaria, Leandro tendría un verdadero despegue mudando su juego a casi 800 km., cuando fue reclutado por Unión de Santa Fe. “Los primeros meses costaron bastante porque era la primera vez que salía de Tucumán. Pero una vez que hice amigos, conocí el club y la ciudad, supe que era un afortunado. Fueron años hermosos, y siempre voy a estar agradecido porque, si no fuera por Unión, hoy no sería quien soy ni estaría donde estoy”, analiza con aprecio el jugador. 

“Comencé en el torneo local, y luego jugué 3 temporadas de TNA en las que cada vez fui ganando más lugar. Primero repartíamos minutos con Juan Gandoy, luego llegó Pedro Franco y el tercer año fui titular. El entrenador, Juan Siemienczuk, confiaba mucho en mí, me enseñó e hizo crecer una enormidad. Me sirvió mucho tener rivales de peso y compañeros de experiencia como Miguel Ísola y el propio Franco, de quienes absorbí muchísimo, sobre todo en el día a día, en ser paciente y mantenerme frío dentro del juego”, concluye en cuanto a su experiencia Tatengue. 

Desde 2012 hasta 2016, el tucumano se vistió de rojo y blanco. Y para ese último año, llegaría vía Concordia una posibilidad imposible de rechazar: jugar la Liga Nacional. “Me tocó un tiempo en que el club tuvo grandes logros con Hernán Laginestra, jugando Sudamericana y llegando a finales de la Liga de las Américas. Y también recibí mucho cariño de la gente, siempre que tengo libre, voy para allá”. Claro, Leandro no sólo generó un sentimiento por la localidad entrerriana por su vínculo con Estudiantes, sino por uno todavía más profundo, que así describe: “Mi novia es de allá, te podrás imaginar lo que siento por Concordia. El club no tenía gimnasio propio, entonces íbamos a uno particular, ahí conocí a Majo. Coincidimos en algunas juntadas con amigos, y la cosa se fue dando, hoy estamos por cumplir 5 años juntos”.

En el 2019, tras tres buenos temporadas con el elenco de la ciudad citrícola, Vildoza pegó otro giro de timón, esta vez propiciado por un co-provinciano que lo conocía desde pequeño. “Lucas Victoriano apostó por mí, me llevó a Regatas y me potenció. Más allá de lo técnico, maduré como jugador, sobre todo en el manejo del equipo”, explica Lea con eterno agradecimiento. En el último certamen promedió 6.4 puntos, 4.3 asistencias y 4.4 rebotes en 25.4 minutos, mientras que en lo colectivo quedaron a sólo segundos de alcanzar las Semifinales, y así lo revive: “Tuvimos un gran año, y nos cruzamos con San Martín en una serie muy pareja. Estuvimos a punto de dejarlos afuera, pero Lucas Machuca convirtió un doble para llevar a suplementario el segundo partido. Nos caímos mentalmente y volvimos a perder en el tercero, pero fue uno de esos torneos que disfrutás, se pasan volando, todo fluye y hay buena química. Obviamente, nos quedamos con un sabor amargo porque estábamos para más, pero quedé muy contento con una temporada donde todos crecimos como jugadores”.

Durante sus dos años en la entidad correntina, Leandro entabló una fantástica relación tanto con el líder del plantel como con el cuerpo técnico. “Con Paolo, hablamos muchas veces de su trayectoria, porque tiene miles de cosas para contar. pero admiro su profesionalidad y cuidado fuera de la cancha. Es para sacarse el sombrero, ojalá pueda llegar así a mis 42... (Se ríe)”, enfatiza sobre el inoxidable Quinteros. Mientras que respecto del entrenador que intentó llevárselo en su paso a Córdoba, Vildoza cuenta que “me quería para Instituto, pero cuando me llamó Boca no lo dudé. Él entendió la decisión, y ojalá pueda reunirme de nuevo con Lucas en otro momento, tenemos una relación bárbara y encima es hincha de Atlético como yo. También su asistente Barsanti, me ayudó mucho. Es un personaje y gran profesional, le tengo mucho cariño. Cada vez que lo necesitaba, así sea de madrugada, ahí estaba”.

LLEGADA AL MUNDO BOCA

“Primero se lo conté a todos mis tíos, que son muy hinchas de Boca, y terminaron llorando”. Así, rodeado de familiares fanáticos emocionados ante la noticia, Leandro arribó en junio de este 2021 al club de la Ribera, en una oportunidad que según sus palabras “no podía dejar pasar porque el mundo Boca es una vidriera muy importante, y me atrajo la idea de volver a jugar un torneo internacional”.

Además, el base describe al Coach que, con su extraordinario recorrido, pretende cumplir las serias aspiraciones bosteras: “La idea de Gonzalo (García) me gusta, y nos da mucha confianza, creo vamos a andar muy bien. Propone un juego de pases, más que nada estacionado. No quiere que seamos egoístas, busca que lance siempre el mejor posicionado. Tanto yo como el equipo nos estamos adaptando a su filosofía, hay que aprovecharlo porque es un gran entrenador y alguien muy ganador”.

Antes de caer en Cuartos del Súper 8, los de García realizaron una primera fase perfecta, ganando los ocho partidos disputados. A pesar de la derrota a manos de La Unión de Formosa, los objetivos siguen siendo claros para el resto de la temporada: “La idea es llegar lo más alto posible en los dos frentes. Sabemos que la LNB está muy pareja, pero tenemos un gran equipo. Debemos mejorar cosas, aceitar el funcionamiento, pero vamos a ir por todo. En la Champions hay equipos tremendos, también va a ser muy dura, pero si nos ponemos al 100% desde lo colectivo podemos competir con cualquiera”, declara Vildoza antes de profundizar en el plano individual: “Debo ser más vertical al aro, incluso más egoísta, porque saben que prefiero asistir antes que lanzar. Hacer que se preocupen más por mí, le va a dar espacio a mis compañeros. Es lo principal en lo que estoy enfocado para crecer en el corto plazo”.

OBJETIVOS A FUTURO: SELECCIÓN Y VIEJO CONTINENTE

Otro apartado que mantiene enfocado al jugador de 1m80 es su ilusión por vestir la celeste y blanca por primera vez, aunque también advierte: “Soy consciente de que la posición mejor cubierta en Argentina es la mía. Levantás una piedra y sale un base… (Se ríe). Un sueño que tengo desde chico es por lo menos ir a entrenar con la Selección, vestir esa camiseta sería un placer, lo máximo que me puede pasar. Nunca dejo de soñar con que se dé, y mientras tanto estoy tranquilo de seguir dejando todo y preparándome para estar a la altura”.

Para las próximas Ventanas no podrán estar los NBA ni aquellos que compiten en Euroliga, razón que aumenta sus chances. Consultado sobre la latente posibilidad, responde: “Ojalá… Primero quiero hacer las cosas bien en Boca, y si me toca espero aprovechar la oportunidad al máximo. Sino, estaremos apoyando, porque tenemos muy buenos jugadores que se lo merecen”. Por supuesto, no será tarea sencilla entrar en la consideración de Néstor García pero, con su primo Luca ya consolidado en el seleccionado, Leandro hará lo posible para que el apellido Vildoza suene cada vez con más frecuencia en las convocatorias.

Y otra cuestión no menor que desvela al tucumano respecto al futuro son sus ganas de probarse en el básquet europeo “Me gustaría, sobre todo, por tomar el desafío de competir con los mejores y ver en qué nivel estoy parado. La idea es, al término de esta temporada, y si los protocolos lo permiten, viajar a Italia para hacer mi ciudadanía. Tengo todos los papeles, espero poder conseguirla en el receso”.

PERSONALIDAD, COSTUMBRES Y PASIONES

Como no todo en la vida es básquet, incluso para quienes lo tienen como profesión, interrogamos a Vildoza sobre sus facetas más desconocidas, comenzando por lo que fuera su desempeño académico. “Siempre tuve facilidad y me fue bien en el estudio. Antes de irme a Unión, había empezado el Profesorado de Educación Física pero, como en cualquier momento me iba, no estaba concentrado. Averigüé para estudiar en Santa Fe, pero entrenaba doble turno y ya no me daban los tiempos. Hasta el día de hoy me arrepiento de no haberme sacrificado un poco más para continuar la carrera, pero sé que nunca es tarde”, manifiesta.

Refiriéndose a aquellas personas que lo acompañan en su día a día, incluso a la distancia, revela una clave que perdurá a lo largo del tiempo: “Sigo teniendo el mismo grupo de amigos del pueblo, hablamos todo el tiempo por celu y cada vez que voy nos juntamos. Somos entre 15 o 20, de varias edades. Seba Orresta y yo somos los más chicos del grupo, y a veces se suma Iván Gramajo (NdeR: jugador de Quimsa)”. Y continúa: “Lo primero que hago cuando llego a Tafí, es ir al club. La última vez, antes de venir a Boca, alquilamos una cancha de fútbol y después del partido nos quedamos a comer un asado”.

Para quienes se preguntan si con la de pelota de gajos muestra la misma delicadeza que al dominar la naranja, despeja lapidariamente la duda: “Soy un 5 bastante rústico, áspero, me gusta pegar. Pasa que tengo amigos que juegan muy bien y no me queda otra”. Y terminando la charla futbolera, destaca sus colores y admiración por un verdadero lírico: “Soy de Atlético Tucumán a morir, ahora que estoy en Buenos Aires voy a verlo cada vez que puedo. También quiero ir a ver a Boca para saber qué se siente un partido en la Bombonera y, en especial, porque mi novia es fanática y me hincha con que quiere ir… (Se ríe). Uno de mis ídolos es Pulga Rodríguez (NdeR: actual jugador de Gimnasia de La Plata). De hecho, le escribí para cambiar camisetas, y me dijo que sí, así que estoy esperando el momento. ¡Es un crack!”.

Finalmente, lo pusimos a prueba con una pregunta incómoda acerca de sus principales características como persona: “Podría definirme como alguien jodón, bastante calentón y muy enérgico, no me quedo quieto. Cada vez que tengo libre salgo a pasear, me encanta viajar, conocer. En el día a día estoy con amigos, tomo mucho mate, soy tranquilo. Por ahí estoy con algún libro, como los últimos que leí sobre Pablo Escobar o Hitler, y también soy de mirar series. Y no puede faltar la música: en casa suena mucho rock, como Los Redondos, pero en el vestuario soy más de cumbia o cuarteto. Ojo, en Boca ese tema lo maneja el dueño del parlante que es Leo, lo banco a muerte al DJ Schattmann”, concluye un distendido Leandro con carcajada incluida.

Este fue el recorrido, paso a paso, por la vida de Lea Vildoza desde su nacimiento en el 94 hasta el día de hoy. Contagiado por sus ejemplos más cercanos, se adentró al mundo del básquet siendo prácticamente un bebé, y ya nunca quiso salir. Su pareja, familiares y amigos son los pilares en los que se apoya diariamente, así como el juego de Boca puede apoyarse con tranquilidad en un talentoso organizador dispuesto a llevar las riendas del equipo. Cada aventura lo preparó para convertirse en uno de los mejores bases de la actualidad nacional, y en un proyecto de jugador que tiene todas las condiciones para explotar. Estén atentos, porque el estallido puede hacer un ruido realmente hermoso… 

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